viernes, 4 de noviembre de 2016

Controles y más controles

Esta enfermedad es una puñetera. Cuanto más la conozco más me recuerda a aquella canción de Ricky Martín que decía: un pasito palante María, un pasito pa atrás..

Yo  cuento a diario unidades de insulina, calculo la ratio insulina/ración con frecuencia, preparo menús equilibrados y nutricionalmente adaptados a las necesidades de un niño de 14 años, con base fundamental en la verdura, sin abusar de los farináceos ni de los carbohidratos rápidos, trato de conjugar su nivel de deporte con sus tareas escolares, el descanso y el equilibrio emocional... y se levanta en ocasiones por encima de 250;  me desespero.

Poco después de debutar Dani, recuerdo haber visto un vídeo  de Nick Jonas en el que hablaba de su diabetes; decía que pese a que se consideraba una persona con buenos controles glucémicos, que tenía a su disposición todo un excelente equipo de personas que le ayudaban en su día a día, cuando aparecía un 400 en su medidor, sin haber hecho nada extraordinario que pudiera justificarlo de modo racional, le daban ganas de tirar el aparato por la ventana y se pillaba un cabreo monumental. Yo, como madre de un niño en su misma situación, he de decir que esta forma de pensar la entiendo a las mil maravillas.

Cuando se habla de las razones que producen estas alzas glucémicas sólo se tienen en cuenta las que afectan al paciente (¿Se habrá puesto insulina de menos? ¿Nos habremos pasado de carbohidratos con el desayuno? Tras varios días sin hacer deporte porque ha estado preparando un examen y tienen que dedicarle tiempo al estudio, ¿cómo le afectará volver a jugar un partido de baloncesto hoy?) pero nunca se ponderan aquellas otras circunstancias que no se pueden contar de forma exacta. Esto es: ¿cómo vamos a cuantificar cosas tan habituales como la emoción de compartir una fiesta de pijamas con las amigas, o que pase por delante en el colegio la chica que te gusta? Y aunque así fuera... ¿cuántas unidades de insulina debemos poner en cada caso?

Este desconcierto que nos resulta imposible de controlar, suele producir infinitas dudas en la gestión cotidiana de las glucemias porque tendemos a pensar que si los parámetros conocidos los llevamos a rajatable y los hacemos bien, los resultados deberían ser correctos así que nos frustra mucho comprobar que no siempre es así.
Y entonces ¿qué hacemos?
Ante todo NO DRAMATIZAR.  Debemos tener en cuenta que la diabetes no es una ciencia exacta y por tanto incluso el mejor endocrinólogo tendría problemas para adaptar las glucemias al rango pretendido en el 100% de los minutos del día.
Es cierto que todos nos esforzamos por conseguir buenos controles y mantener una glicosilada aceptable pero lo cierto es que los datos que revela una buena HbA1C no siempre tienen que ver con los controles en rango equilibrado; esto es: si un día tenemos una media glucémica de 220 y al día siguiente una de 85 nos va a dar una media de 150 aproximadamente, lo cual en la adolescencia no es un valor disparado, (* ojo, tener en cuenta las opiniones de cada médico y educador) pero esto no nos dice que  hemos tenido dos hipos de 50 y una hiper de 300... la glicosilada es una media estadística; nada más.
Lo importante es no convertir lo puntual en sistemático... más allá de eso, la realidad sigue siendo que en la infancia y adolescencia la variabilidad glucémica es incomprensible para todos (y desgraciadamente, inevitable para la mayoría).


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