martes, 5 de agosto de 2014

...Sube la adrenalina!!

Un día de tantos en la playa, veo a Dani venir corriendo hacia mi toalla gritando: mamáaaaaa.... mamáaaaaa.... ¡Yo quiero montar ahíii!!
Tuve que levantar la cabeza del libro que estaba leyendo para fijarme en aquello que tanto parecía interesar a mi hijo, y tardé menos de 30 segundos en volver a bajarla para evitar que me diera un soponcio. 
¡Dani quería montar en un paracaídas tirado por una lancha rápida! eso que ahora se llama Parascending .
Lo primero que se me vino a la cabeza fue un NO ROTUNDO. Pensé en los riesgos, en el miedo que pasaría yo, y en los mil problemas que podrían surgir derivados de una hipoglucemia en el aire, o en el mar, si el cable se rompía... Todo parecían contras, y no imaginaba que pudiera existir un sólo argumento a favor de este invento.

Una vez en casa, ya con la mente más fría y tratando de ser razonable, quise buscar razones por las que él debiera quedar descartado de una actividad que, sin embargo, si realizaban otros niños de su edad. A fin de cuentas si lo que pretendemos es la normalización de las situaciones, no podemos dejarlos al margen de la vida que los rodea. No son flores de estufa... sino niños y niñas que deben vivir el momento que les toca, como cualquier otro.

Busqué información directamente en la empresa que realiza el recorrido, y me explicaron que se trata de un globo tirado por una lancha, que va sujeto a un cable de acero que puede llegar a subir unos 150 m. Una vez en vuelo, se pierde el vértigo (el peor momento es el despegue, porque es de espaldas), y se disfruta de una sensación agradable en el aire. Me dijeron que al parascending se pueden subir niños desde 7 años aproximadamente (los menores quedan excluídos no tanto por la edad sino porque el tamaño del arnés es demasiado grande y no los sujeta), y dado que en este caso tienen más de 10 años de experiencia, han subido a personas con todo tipo de discapacidad, incluida gente parapléjica a la que han adaptado el arnés para que pudieran disfrutar del vuelo.
Por supuesto Dani, estaba decidido a subir... así que invitamos a una amiguita a compartir vuelo con él, y planifiqué la actividad desde el día anterior tratando de compensar la descarga de adrenalina que se iba a producir posteriormente, al adaptar su menú y su insulina.
 Al hablar previamente con los monitores, sabía que la actividad física no iba a ser intensa, sin embargo también estaba convencida de que se produciría una subida de glucemia derivada de la emoción y los nervios. Mi principal miedo era una hipoglucemia en el aire, pero lo solucioné pidiéndole a su compañera que si Dani le decía que se encontraba mal, nos hiciese una señal y al momento estarían abajo. También ajusté el menú de ese día, de tal forma que, como teníamos pensado ir sobre las 5 de la tarde, a mediodía tomamos arroz blanco; un hidrato que tiende a dejarlo ligeramente por encima de sus registros normales, pero que a mi me iba a garantizar la falta de hipo durante los 10 minutos de vuelo.

La mañana amaneció lluviosa, con lo que no pudimos salir a hacer ejercicio (esa semana fue de caminatas largas día tras día). Llegó a mediodía en 82 pero como la previsión de hacer parascending no era segura por la lluvia, se puso una unidad más de insulina (3 en vez de 2) porque se iba a tomar más hidratos de los habituales, y existía la posibilidad de no moverse de casa en toda la tarde.
Comió 7,7 rac/HC: 5 de arroz blanco, unas lonchas de pavo con tomate, 20 gramos de pan y 1,7raciones de yogur Danio.
Finalmente el día abrió y pudo volar en el globo.

Fuimos al puerto a embarcar (2,5 km andando) e hizo una glucemia antes de montar en la lancha: estaba en 143. Teniendo en cuenta que su rango es entre 70 y 140 se encontraba un pelín por encima... pero yo tenía claro que lo que estaba influyendo, y prefería que así fuera.

Como test de contraste le hice también una glucemia a su amiga y compañera de vuelo (no diabética), quería saber en qué medida influía la adrenalina en las personas con y sin diabetes. Sara estaba  en 97.
El vuelo fue sensacional. Divertido, mágico... y cortito. Mereció la pena verlo tan contento y tan integrado en las mismas actividades que los demás. Es un refuerzo importantísimo para él, darse cuenta de que las limitaciones no son tantas como parecía, si se controlan los valores y se ponderan los riesgos

Ya de vuelta en la lancha, nos contaron que la experiencia había sido magnífica y que lo habían pasado genial. Había que contrastar valores, aunque yo tenía claro que iban a estar por las nubes, pero se hacía necesaria una medición. Sara estaba en 93 (prácticamente igual que antes de despegar), pero Dani habia subido a 218.

Yo sabía que si le daba una botella de agua y se iba a jugar a la playa en una hora estaría perfecto, porque el subidón no era debido a un desajuste de insulina; pero en ese momento sus amigos decidieron ir a merendar y él quiso ir también. Decidí entonces, darle una merienda de 2,5 raciones y ponerle 2 unidades de insulina. No lo habríamos hecho de no haber tenido hambre, pero... en ese momento quería comer, y por tanto había que pinchar.
Merendaron mientras jugaban en la playa y en el parque, y subimos a casa a la hora de cenar. Esto supuso otros 3,5 km más el juego (imposible de cuantificar, claro), así que cuando se midió en la prepandial de la cena estaba en 51. Le había sobrado insulina a media tarde, a pesar del subidón del parascending.
Cenó 6 raciones (2 unidades de insulina más) y salimos a dar  otro paseo de 4 km ... ¡de nuevo al puerto! 
A la hora de dormir 11.30 estaba en 114, pero hecho el cálculo de kilómetros del día pasamos de 10, así que esa glucemia bajará durante la noche.

A las 3 de la mañana suplementamos con un actimel 0% y una Oreo.
Al día siguiente se levantó  en 108.

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