martes, 19 de marzo de 2013

El árbol de las manzanas...

En el jardín que rodeaba la casa de mi vecina, había un manzano. Era un árbol ya viejo, que  daba fruta unos años sí, y otros no. Los niños del pueblo  recordamos haber pasado en aque huerto nuestra infancia. Momentos llenos de travesuras y diversión entre amigos que siempre nos hacían reir, como aquellas tardes de principios de otoño en que nos encaramábamos  hasta ser capaces de alcanzar la fruta. Eran unas manzanas deliciosas... dulces y muy bonitas, y -cuando las frotábamos con la camiseta- las manzanas rojas brillaban tanto que nos parecían idénticas a las de los cuentos.

Pero... el tiempo fue pasando, y la vida nos llevó a todos de un lado para otro. El árbol fue envejeciendo, como  nosotros, y las veces que volvimos a casa, aquellas manzanas rojas que tanta atención nuestra requerían antes, al estar ahora llenas de manchas y golpes en el suelo, dejaron de antojarse apetecibles. Allí estaban, debajo del árbol empezando a descomponerse, sin que nadie les prestara atención.

Una tarde a la caída del día,  mi sobrina  vio las manzanas rojas, e intrigada por su aroma, empezó a recogerlas del suelo. Luego miró hacia arriba, y se dio cuenta de que sobre su cabecita había muchas más... le encantaron, y decidió esforzarse para recogerlas también. Para cuando nos dimos cuenta ya tenía varias cestas llenas de manzanas. Ella solita había realizado  un trabajo impresionante... porque era mucha fruta,  y por supuesto ella no tenía experiencia subiéndose a los árboles. Pero lo había conseguido. ¡Las tenía! aunque no en ese momento no sabía qué hacer con ellas.

Cuando vi su esfuerzo, enseguida recordé mi niñez, y la forma en que guardábamos la fruta de verano para que nos durase todo el año... y le propuse hacer mermelada.

Nos pusimos a trabajar, con las manzanas que teníamos. Había que pelarlas, tratarlas con cuidado y removerlas durante horas sobre la cocina de leña de la abuela, para conseguir nuestra mermelada aromática... era complicado conseguir tiempo libre en nuestra ajetreada vida, pero entre las dos... lo hicimos.

Al poco tiempo nos dimos cuenta de que en la finca había otras frutas tiradas en el suelo y que  nadie las recogía. Preguntamos si podíamos utilizarlas, y no recibimos respuesta... en realidad estaban abandonadas, hacía tiempo que los dueños no pasaban por el huerto, así que la fruta terminaba por pudrirse en el suelo año tras año. Al ver las peras, y las pavías allí tiradas,que no por feas eran desaprovechables, nos armamos de paciencia y redoblamos esfuerzo para  incorporarlas también a nuestro quehacer. Haríamos mermelada de todas las frutas que estuviesen en el suelo, y de aquellas que nadie estuviese interesado en recoger.


Y así, tarde tras tarde, fuimos elaborando botes y botes de diferentes sabores.Hasta que tuvimos un montón de ellos en la despensa.

¿Y qué podíamos hacer con aquella cosecha de trabajo e ilusión? Nosotros no podíamos consumir tanta cantidad... y  por otra parte, estábamos tan contentas con el resultado que nos apetecía que la gente conociese el potencial de aquellos frutales abandonados.

Y decidimos regalar los botes...

Los niños disfrutaban de aquella mermelada casera y deliciosa, los papás estaban encantados de recibir un obsequio  natural y cercano, y nosotros descubrimos que no hay mejor forma de dación en pago que una sonrisa llena de ilusión y agradecimiento.Cada bote de mermelada, era un amigo más, un momento compartido inolvidable y un motivo  suficiente para cuidar el árbol de las manzanas, a la espera de que volviese a dar suficientes como para repetir nuestro trabajo y seguir haciendo felices a los demás.

Pero ah!

Los vecinos de las casas cercanas, al ver que el trabajo realizado había sido tan satisfactorio, decidieron organizarse y permanecer ojo a vizor,  a la espera de que la fruta estuviese madura. Daba lo mismo que durante años nadie se hubiese ocupado del huerto, ni tampoco les importó que mi sobrina y yo hubiésemos podado los árboles y proporcionado al suelo algo de abono y agua... En realidad no querían las manzanas para elaborar con ellas, otras cosas, ni mucho menos para comer... lo que querían era impedir que las cogiésemos nosotras, porque al estar el huerto abandonado y no tener clara la titularidad del mismo, les parecía que tomar las fruta del suelo, podía ser considerado "invasión de huerto público".

Y nosotras, que tras tanto trabajo habíamos conseguido tener un importante grupo de seguidores de nuestras mermeladas, que esperaban con impaciencia la siguiente cosecha... nos sentíamos perdidas y sin saber que hacer.

Pero..., los amigos que habían recibido los botes de regalo... y otros más que habían oído hablar de nuestro trabajo empezaron a cuidar los árboles -suyos o ajenos- que sabían abandonados para seguir la cadena que  habíamos iniciado y compartir entre todos la fruta y el trabajo, con objeto de poder seguir regalando sonrisas y botes de conserva. Entre todos conseguiríamos un inmenso almacén de recursos que nos sirviesen para ayudar a quienes no tenían fruta en casa o a aquellos que no supieran elaborar el dulce.

Y uno más uno más uno más otro... hemos ido llenando las casas de diversión, ilusión y recuerdos construídos con tenacidad y esfuerzo. De cariño , de lecciones inolvidables y de amistad.

¡Y ahí seguimos, en medio de ese camino por el que vamos dando pasitos día tras día...!


... ¡Hay que ver lo que se puede llegar a disfrutar, con algo tan sencillo... como unas manzanas ...!




7 comentarios:

  1. Me hiciste recordar también mi niñez en la viña de mi abuelo donde teníamos de todo cerezos, manzanos, castaños, almendros, avellanos, higueras, perales, olivos, fresas silvestres y fresones, y como no mucho viñedo.

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    1. Gracias Miguel, son recuerdos que tenemos las personas que nos hemos criado en pueblos, aunque sea a temporadas.

      En este caso me ha servido para ilustrar una alegoría... ¡No debemos permitir que nos desanimen las personas envidiosas!

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  2. ¡Qué bonito, Ana! Me he emocionado... ¡Cómo me gustan tus escritos!
    Montse

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    1. Gracias Montse.
      Un besote enorme... hablamos cuando quieras.

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  3. Ana, entrañable.Parece que estoy leyendo los cuentos que me leia me madre!
    Sonia

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    1. jejeje... graciñas Sonia; son mis recuerdos de infancia; similares imagino al de muchos coetáneos.

      Besito

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