lunes, 21 de enero de 2013

Un dolor, un amor, un temor..


Hablamos de diabetes con frecuencia, queriendo imprimirle un  carácter de apabullante normalidad, que a veces caemos en el extremo opuesto de hacer pensar que....por tener diabetes "no pasa nada". Y eso, aunque no nos guste admitirlo, no es así. Una persona con diabetes, es un enfermo crónico, no hay que olvidarlo, que requiere unas rutinas y cuidados especiales de cara a proporcionarle la calidad de vida que siempre quiso tener, y que sin duda se merece.


Una de las cosas que antes aprendemos, es a llevar un cómputo exhaustivo de carbohidratos consumidos e insulina inyectada. Son cifras que nos reportan datos empíricos -fundamentales- pero que no siempre nos solucionan los problemas que surgen de improviso. Porque, si bien es cierto que llegamos a establecer una cercanía absoluta con las cifras; establecemos la ratio en ese sentido, y conocemos el factor de sensibilidad de la insulina; lo cierto es que seguimos sin ser capaces de poder cuantificar algo que va con nosotros allá donde nos lleven las circunstancias diarias... no podemos contar emociones.

La vida sigue frente a nosotros. Nos inunda en su vorágine y nos lleva por delante. En un momento u otro a todos nos ha preocupado el suspenso de mates, y nos hemos emocionado viendo una película; ni que decir tiene que "alguien" nos ha roto el corazón en un momento dado. Y con todo ello seguimos adelante, convirtiendo nuestra experiencia en la maleta que alberga sensaciones escondidas que en ocasiones nos sirven de referente; otras no.

En la preadolescencia y adolescencia, todo esto  se multiplica por infinito. Los chicos magnifican sus problemas y sufren sus pequeños  fracasos como grandes tragedias, o por el contrario desbordan euforia ante los extraordinarios hallazgos que también encuentran de vez en cuando. Y todo ello, naturalmente, les provoca oscilaciones impetuosas en sus niveles de glucemia que frecuentemente desconciertan a los padres -educadores y médicos- al ser conscientes de que no son capaces de controlar estos parámetros, desbocados únicamente por la etapa de su vida en la que están.

Una de las cosas en las que más incide la psicóloga de mi hijo, es el control de la ansiedad. Ella es partidaria absoluta de la educación emocional hacia los hijos, como también lo es de intentar promover el control de las emociones desbocadas, para evitar algún tipo de reacción  desproporcionada ante situaciones que no deberían resultar especialmente problemáticas. En definitiva, es algo así como... tratar de no matar moscas a cañonazos. 
Y tiene razón, yo creo. Pese a lo dificultoso que resulta poner en práctica las buenas intenciones.
Sin embargo cuando tienes 9, 10... 13 años... todo esto resulta especialmente difícil, y con frecuencia somos los padres quienes nos sentimos perdidos y confusos ante determinados planteamientos o actitudes de los chicos; que no sólo nos preocupan porque se escapan a nuestro control, sino -sobre todo- porque le suceden a ellos!

Yo no tengo la respuesta a estos planteamientos, ni tampoco puedo asegurar que llegado el momento sepa como actuar. Pero sé que todo esto llegará, y que nunca se está preparado del todo para afrontar determinadas cosas... y no puedo evitar preguntarme si el amor que sentimos hacia ellos, será suficiente... o si terminarán reprochándonos que los hayamos sobreprotegido en exceso..

¡Qué difícil es a veces ser padre..!





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