miércoles, 16 de enero de 2013

Futuro perfecto simple


De todo lo que hemos aprendido hasta ahora, pocas cosas son tan evidentes como el amor incondicional que sentimos hacia nuestros hijos. Desde el momento en que entran a formar parte de nuestra vida, antes incluso de tenerlos en nuestros brazos, somos conscientes de la necesidad de protección que tenemos hacia ellos, y la enorme capacidad de crecimiento que tienen nuestros sentimientos para cualquier cosa que les afecte.

Cuando mi hijo nació enseguida supe que mi vida había cambiado. Tener a mi lado aquella personita que monopolizaba mi tiempo y cambiaba la estructura de mi vida fue algo tan importante como  inolvidable. A lo largo del tiempo nuestra relación -como todas- ha ido madurando, hemos aprendido a conocernos y a querernos a pesar de sabernos (ambos) imperfectos, y por supuesto nos hemos convertido en cómplices además de en compañeros de piso. Sin dejar de lado el hecho de que cada uno tiene su rol: madre-padre e hijo. 

Pero fue el debut diabético, en plena fase preadolescente lo que nos ha hecho -está haciendo todavía- madurar más deprisa y conocernos más profunda e intensamente de lo que probablemente hubiésemos imaginado; puesto que la interacción entre ambos se sustenta en bases sólidas que se enriquecen e incrementan cada día.

Estamos aprendiendo a tomar decisiones, a ser resolutivos, a asumir responsabilidades... a tener autonomía, y a no magnificar los problemas.

A controlar la ansiedad, a superar los pequeños miedos, a  afrontar las batallas con energía y una sonrisa. Y a apoyarnos unos en otros, para caminar a la par cuando es necesario, y dar  espacio en los otros momentos en que se debe estar solo.

Son las bases de un futuro que no difiere gran cosa de lo que soñamos para él antes de saber que conviviríamos con la diabetes. Y eso es algo a lo que no estamos dispuestos a renunciar: al sueño imaginado de que tenga la vida que siempre quiso tener, y que alguien ten especial y único como él, sin duda se merece.


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