jueves, 20 de diciembre de 2012

Mirar al futuro




Empiezo a escribir este post sabiendo que el tema que hoy voy a tocar se aleja un poco de mis entradas habituales, y que además mi opinión  va a resultar controvertida. Pero, quiero ser coherente conmigo misma y no autocensurarme en este lugar que  a fin de cuentas yo creé para que me sirviese de desahogo y terapia cognitiva.



Llevo unos días escuchando en diferentes lugares, la idea  de que  promover conjuntamente una iniciativa que les conceda a los diabéticos la minusvalía del 33%. La primera vez que lo leí me sorprendió, incluso me atrevería a decir que un escalofrío me recorrió el cuerpo... Yo miro a mi hijo, lleno de vida, de salud, de alegría... y no puedo imaginar por qué razón tendría que ser considerado un minusválido. Pero lo importante no es eso, sino la propia consideración en base a  las limitaciones que tiene o puede llegar a tener en el futuro. La reflexión me lleva a pensar que lo fundamental, en un debutante tipo 1 en edad infantil, es el adecuado conocimiento de la enfermedad, y en una adaptación progresiva a una realidad cierta e inevitable que les va a acompañar por el momento por tiempo indefinido. Me parece también prioritario -y obligatorio, me atrevería a decir- que existiese una educación diabetológica adaptada a todos los niveles de edad, puesto que no es lo mismo hacerle entender rutinas y pautas a  niños de 2 años que a los de 10. Y , es evidente que de este adecuado control primario, y de la adquisición de buenas costumbres, dependerá en gran medida la evolución de la salud adulta, y se minimizarán los supuestos daños que pueden llegar a tener.


Porque en definitiva es ésto: algunos de ellos tendrán complicaciones, y otros llevarán una vida saludable en función de un montón de cosas; principalmente su nivel de concienciación, su control metabólico y su cuidado. Y por tanto, si partimos de ese punto de vista ( "algunos") puedo aceptar que a largo plazo es posible que exista un porcentaje para el cual se podría considerar la conveniencia de concesión de esa minusvalía. Pero... algunos no son todos. 

Yo no creo que un diabético bien controlado -objetivo prioritario y fundamental para cada paciente- deba ser considerado nada más que una persona como las demás. Con sus problemas, sus inquietudes, sus preocupaciones, sus obsesiones y sus altibajos.

Los niños tipo 1, crecerán y serán los profesionales del futuro, los políticos, los padres y madres de la generación siguiente, que no tiene ninguna necesidad de consideraciones como esa, porque su autonomía y su valía personal no requieren vinculaciones ajenas a una capacidad indiscutible que no tiene nada que ver con el funcionamiento de su páncreas. Y los problemas futuros derivados de un mal control metabólico, hay que atajarlos -creo yo- poniendo a disposición de cada uno de ellos, los recursos humanos y sanitarios suficientes como para que no lleguen a desarrollar ningún problema orgánico, superior al que ya tienen.

Creo firmemente que es fundamental acercar la diabetes a la sociedad y establecer con ella el mismo vínculo de normalidad que se ha llegado a tener con otras (como la celiaquía o las alergias), me parece importantísimo desmitificar los miedos que subyacen tras esta palabra... y superar los lastres del pasado que vinculan a los diabéticos con problemas de salud que los incapacitan para ejercer determinados puestos de trabajo (¿Cómo es posible que a día de hoy un diabético no pueda ser conductor de metro, o de autobús ?) Es absurdo, ciertamente. Como lo son los miedos de algunos colegios a leer un glucómetro o a contar raciones de HC. Pero bueno, si eso es saludable para todo el mundo. Deberían empezar por darles educación nutricional a aquellos que elaboran los menús escolares y los distribuyen, a fin de cuentas la salud de nuestros hijos -diabéticos o no- también depende de una alimentación equilibrada y racional.

Yo quiero que mi hijo, y los demás,  sean considerados lo que son: iguales a sus compañeros. Deben disfrutar de los amigos, terminar sus carreras, enamorarse y vivir la vida en la misma medida que cualquier otro. Y de nosotros dependerá  el que sean capaces de hacerlo con independencia y valentía en el futuro.

No creo que podamos hacer por ellos ninguna concesión mayor, que educar a la sociedad que compartirá con ellos generación y experiencias.

En absoluta normalidad y equilibrio y sin más diferencias que las inherentes a la personalidad de cada uno.


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