martes, 18 de diciembre de 2012

A pesar de los pesares


Una de las cosas que siempre he tenido claras, es que soy una persona afortunada. Como todo el mundo he ido pasando por situaciones en la vida que me han obligado a sacar una fortaleza que nunca creí tener, pero también es verdad que ha habido otros en los que todo eso se ha compensado de sobra con ingentes cantidades de cariño, sonrisas y felicidad.

Cuando nació Dani, yo no era consciente de la importancia de lo que acababa de suceder en mi vida. Ni por supuesto de lo mucho que ésta iba a cambiar. Entonces se incorporaba a nuestra vida una personita a la que teníamos la obligación de querer, y desde luego lo hicimos. Pero con el tiempo esa necesidad de amparo que tenía al principio , fue cambiando hasta convertirse en una increíble sinergia de cariño, complicidad y dependencia mutuas.

Pronto comprendí que el amor hacia los hijos no tiene medida. Y que por más que te empeñes en pensar que ya los quieres todo lo que se puede llegar a querer a alguien, sigues descubriendo que es una cadencia que aumenta día a día, y que tal vez nunca llegue a tener fin.

Vivimos sus emociones, disfrutamos sus éxitos, compartimos su alegría y lloramos sus problemas con la misma intensidad que fuesen nuestros. Daríamos cualquier cosa por intercambiar posiciones cuando la vida se les tuerce, y por supuesto, haríamos lo impensable con tal de que no verlos sufrir.

Pero esto, naturalmente, es imposible.

La vida de cada uno le pertenece, y por más que las personas de alrededor queramos allanar el camino que se les puede abrir en cada caso, lo cierto es que no es posible -ni apropiado- convertirlos en estatuas de sal. Tienen que vivir: aprender, evolucionar, enamorarse, caerse al suelo... y levantarse. Les cerrarán puertas, o les abrirán mundos, les romperán el corazón, y les reconocerán sus logros. 
Nosotros sólo podemos permanecer junto a ellos y darles soporte o proporcionarles aliento... pero lo demás, corre a cuenta de su propia historia, que no es otra más que su propia vida.

Dani es un chicazo en mayúsculas. Es muy inteligente, sensible y divertido. Estoy segura de que más tarde o más temprano todo esto se estabilizará y conseguirá llevar una vida con razonable normalidad. Incluso estoy convencida de que su experiencia servirá para ayudar a otros muchos, y apoyar a quienes vengan detrás con problemas similares, aportando empatía, soliaridad y cariño.

A pesar de los pesares, de los malos momentos y de lo difícil que resulta a veces afrontar el día a día, lo cierto es que estoy segura de que él es una de las personas con mejor disposición que conozco para dirigir su vida... sólo le falta... lo que ahora mismo no encontramos: paciencia... y tiempo.

Mañana tenemos consulta con el médico. Nos dirá los resultados de la glicosilada, y la valoración de la analítica. Está contento y receptivo porque sabe que no irá mal... 

¡Qué bueno sería poder decir mañana que llegamos a la consulta habiendo sido capaz de pincharse solo...!









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